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1982

 


Cuando alguien te arrastra a su infierno, si no puedes sacarlo de allí mejor te marchas.

No es fácil, pero hundirse con él no ayuda.

Me fui.

Desde el futuro de esa acción no veo otra solución.

Dejé en sus manos su vida.

No estaba en las mías seguir.

Ser testigo no era la solución.

Me dije el tópico de año nuevo vida nueva.

Lo apliqué a mí.

Tenía 27 años. Antes de ir a la casa de mis padres empaqueté mis cosas. Inexperta usé cajas demasiado grandes para libros. Contraté una mudanza. Bastó una camioneta. De un cuarto piso sin ascensor a otro también sin él.

Me mudé en enero. Me correspondía el día por cambio de domicilio. Por la mañana limpié la casa. Por la tarde fui al origen a que cogieran mis cosas. Cuando las tenía cargadas me giré y le vi. No nos dijimos nada. 

Debí coger un taxi. No recuerdo ir con los de la mudanza.

Se quejaron del peso de mis cajas.

Una mesa. Dos taburetes de distinta altura. Un caballete para pintar. Una estantería de un sólo cuerpo. Muebles de pino sin barniz. Una cama plegada individual. Enseres mínimos. Pocas cosas para ese viaje en soledad y con el corazón roto.

Nuestro problema fue el alcohol.


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